1.
“Ahora la Maga no estaba en mi camino (…) aún así nos buscaríamos en nuestras casas (…) ANDÁBAMOS SIN BUSCARNOS PERO SABIENDO QUE ANDÁBAMOS PARA ENCONTRARNOS. Oh Maga, en cada mujer parecida a vos se agolpa como un silencio ensordecedor, una pausa filosa y cristalina que acaba por derrumbarse tristemente, como un paraguas mojado que se cierra. (…)
Siempre torpe y distraída y pensando en pájaros pintos o en un dibujito que hacían dos moscas en el techo del coche, y aquella tarde cayó un chaparrón, y vos quisiste abrir orgullosa tu paraguas cuando entrábamos en el parque, y en tu mano se armó una catástrofe de relámpagos fríos y nubes negras, jirones de tela destrozada cayendo entre destellos de varillas desencajadas, y nos reíamos como locos mientras nos empapábamos (…)
‘a la mer qui est plus félonesse en été qu’ en hiver’ (…) abrazados y semejantes a árboles mojados o actores de cine de una pésima película húngara (…)
Lo que llamamos amarnos fue quizá que yo estaba de pie delante de vos, con una flor amarilla en la mano, y vos sostenías dos velas verdes y el tiempo soplaba contra nuestras caras una lenta lluvia de renuncias y despedidas y tickets de metro. (…) Pero si hubieras estado ahí esa noche, como tantas otras veces, yo había sabido que el rodeo tenía un sentido, y ahora en cambio envilecía mi fracaso llamándolo rodeo. (…)
Sé que un día llegue a París, se que estuve un tiempo viviendo de prestado, haciendo los que otros hacen y viendo los que otros ven. (…)
Te cansaste de no estar cansada. (…)
Más tarde te creí, más tarde hubo razones, (…) «Ella sufre en alguna parte. Siempre ha sufrido. Es muy alegre, adora el amarillo, su pájaro es el mirlo, su hora la noche, su puente el Pont des Arts. » (…)
Y mirá que apenas nos conocíamos y ya la vida urdía lo necesario para desencontrarnos minuciosamente. Como no sabías disimular me di cuenta en seguida de que para verte como yo quería era necesario empezar por cerrar los ojos, y entonces primero cosas como estrellas amarillas (moviéndose en una jalea de terciopelo), luego saltos rojos del humor y de las horas, ingreso paulatino en un mundo-Maga que era la torpeza y la confusión. (…)
Me hartabas un poco con tu manía de prección, con tus zapatos rotos, con tu negativa a aceptar lo aceptable. (…)
Dejábamos las bicicletas en la calle y nos internábamos de a poco, parándonos a mirar el cielo porque (…) el cielo vale más que la tierra. Sentados en un montón de basuras fumábamos un rato, y la Maga me acariciaba el pelo o canturreaba melodías ni siquiera inventadas, melopeas absurdas cortadas por suspiros o recuerdos. Yo aprovechaba para pensar en cosas inútiles, método que había empezado a practicar años atrás en un hospital y que cada vez me parecía más fecundo y necesario. (…)
Convencido de que el recuerdo lo guarda todo y no solamente a las grandes efemérides del corazón (…)
La Maga besándome y echándome en la cara el humo del cigarrillo y su aliento caliente, recobraba y nos reíamos. (…) Ya para entonces me había dado cuenta de que buscar era mi signo, emblema de los que salen de noche sin propósito fijo, (…) (y nuestro encuentro era eso, y tantas cosas oscuras como el fósforo) (…)
A la Maga le encantaban los líos inverosímiles en que andaba metida siempre por causa del fracaso de las leyes en su vida. Era de las que rompen los puentes con sólo cruzarlos - Julio Cortázar
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