–
Corrupción y Subdesarrollo.
La corrupción es un fenómeno
que no tiene la misma configuración en los países desarrollados que en los
subdesarrollados.
Características
de la corrupción según el grado de desarrollo económico.
En los países desarrollados la
corrupción es mínima en la Justica y en los cuadros medios y bajos de la
administración pública, puede alcanzar un nivel relativamente importante en los
altos cargos.
Hay diversas razones que
explican este estado de cosas: los altos cuadros son más difíciles de
controlar, poseen más recursos e influencias, existen redes de intereses que
los involucran. La administración estatal en los países económicamente
desarrollados conforma un cuerpo básicamente sano.
En los países
subdesarrollados, la corrupción es intensa tanto en los estratos altos como en
los medios y bajos: infecta al Estado en su totalidad. Comienza con el policía,
sigue con los funcionarios de la Aduana y asciende hasta contaminar las
conductas de los altos funcionarios.
Los países subdesarrollados
padecen un estado de corrupción. Los ilícitos suelen ser casi abiertos, porque
no existen expectativas de castigo y más bien se da por sentada la
impunidad.
Cuando en un país donde no
reina el estado de corrupción se investiga a alguien, es para juzgarlo y
castigarlo. Se trata de acciones localizadas: cuanto menos son los que cometen
corrupción es más fácil percibirlos. En los países donde hay estado de
corrupción, la investigación es entendida como una persecución.
Otra característica de los
estados de corrupción es que generalmente se investiga el pasado.
En los países desarrollados,
además, la corrupción política es casi siempre ocasional: el pecador cae
porque, es un hombre ordinario frente a una tentación extraordinaria. En los
países subdesarrollados la corrupción no
se vive como una ocasión sino como una vocación: se ingresa en la política o en
la administración pública con la intención deliberada de enriquecerse.
Cuanto más pobre es un país,
es más probable la corrupción como estado y como vocación.
La
cleptocracia
En griego, kleptes significa “ladrón”
y cratos, “poder”. Literalmente el término designa a aquellos países donde una
banda de ladrones se ha instalado en la cima del Estado.
El único elemento ético que
excede al estricto egoísmo del bandido-funcionario en una cleptocracia es la
obligación familista.
Andreski define a la
cleptocracia como “la explotación sistemática de las oportunidades de
enriquecimiento personal que ofrece el Gobierno, moderada por el amiguismo y
exacerbada por el gangsterismo”. Quienes no sean del clan mantengan los pies
fuera del plato si no quieren ver correr su sangre.
Dado este criterio de
explotación sistemática de la oportunidad en los sistema de este tipo no existe
posibilidad alguna de buen gobierno.
Peligros del
mesianismo moral.
Si bien la corrupción presenta
características diferentes según ocurra en un país desarrollado o
subdesarrollado, en ambos casos debe ser combatida desde arriba.
En un país donde el cuerpo
estatal está sano, pero algunas cabezas pecan, se erradica desde afuera del
Estado y desde el seno del Estado.
En cuanto a un Estado de
corrupción se lo combate con una alternativa riesgosa para el sistema
democrático como suelen siempre serlo el personalismo, es la del líder
moralizador.
Estado fuerte
y Estado débil.
Algunos países se han
desarrollado porque consiguieron construir una moral pública.
Cuando un país se encuentra en
estado de corrupción, el Estado deja de ser tal. En lugar de una estructura
severa que hace cumplir las leyes, se convierte en una organización
semidelictiva.
Mientras un Estado cuya ética
pública es solida es un Estado maduro, aquel penetrado por la infección es uno
débil o blando.
El desarrollo económico lo han
logrado los estados duros o fuertes. La corrupción debilita al Estado e impide
el desarrollo económico. La diferencia entre un país desarrollado y otro
subdesarrollado no depende de cuán grande sean el Estado o el mercado sino de
cuán duro sea el Estado: no existe país alguno que se haya desarrollado con un
Estado débil.
Huntington subraya la paradoja
de que los Estados de los países subdesarrollados, siendo por definición
“blandos”, decidieron sin embargo asumir una inmensa carga empresarial y
social. El resultado está a la vista: el colapso del Estado en América latina y
el Tercer Mundo.
Las privatizaciones en curso
en América latina y el resto del mundo subdesarrollado cumplen entonces una
función positiva: alivian al Estado blando de una tarea que excede de lejos sus
posibilidades.
Funcionalidad
de la corrupción.
Ética de la intención
y ética de la responsabilidad.
Para la ética principista de
Kant, los actos humanos son buenos o son malos según su intencionalidad e
independientemente de su resultado: hay una sola cosa buena en el mundo, y es
la buena voluntad. (Ética de la intención)
La escuela utilitarista y
pragmatista sostiene que el aspecto más importante de la conducta humana no es
la intención sino el resultado. (Ética de la responsabilidad)
Kant diría que el principio
fundamental de la ética debe ser mantenido a toda costa. Si todos los hombres
torturasen a sus semejantes, no habría convivencia civilizada posible. Por lo
tanto, no debo torturar un aunque por ello perezca una ciudad entera: tengo que
permanecer fiel a la buena intención. La ética pragmática, se preguntaría que
vale más: si la vida de millones de personas o la de una sola persona que es un
enemigo en guerra.
Por lo que respecta a la corrupción,
ningún acto de este tipo puede ser bueno desde el punto de vista de un
moralista kantiano. Por definición, la corrupción consiste en privilegiar el interés
propio por sobre aquel interés ajeno al que se está obligado, ya sea un padre,
tutor, gobernante o contribuyente. Si todos rehuyesen las responsabilidades públicas,
se disolvería la vida en sociedad.
Un utilitarista, por el
contrario, examinaría la posibilidad de que algún caso de corrupción aislado
resultase en un beneficio mayor que el cumplimiento estricto de las normas.
El principismo
hipócrita y el cínico pragmatismo.
El camino hacia el análisis de
la corrupción bordea dos precipicios opuestos, que amenazan uno a la escuela
principista, el otro a la pragmática. El primer abismo es el de la hipocresía,
incluso ante uno mismo: por una parte, la obsesión por la pureza de intenciones
puede crear el hábito sofistico de autoconvencerse de la propia inocencia después
de haber realizado acciones condenables; por otra parte, el principismo moral
que llevado a sus extremos no contempla excepción alguna a la regla, sean
cuales sean las circunstancias del caso, parece invitar a los pecadores a
ocultar sus pecados. Se genera, además, el descreimiento en torno a la salud ética
de los voceros del moralismo: ¿Quién puede alegar que es perfecto? Lo más
probable es que sea acusado de denunciar la paja en el ojo ajeno mientras
ignora la viga en el propio.
El pragmatismo exagerado puede
degenerar en el precipicio opuesto, el cinismo. Si se tiene en cuenta solamente
los resultados de las acciones, se puede concluir en la afirmación de que la
virtud en su misma no tiene ninguna importancia: los hombres pueden actuar
movidos por los motivos más mezquinos en tanto de sus acciones se sigan
consecuencias útiles para el conjunto.
El desafío de Glaucón a Sócrates en La República. Allí
Platón define a la justicia como virtud por la cual cada uno cumple con la función
que le es propia, con la actividad que le corresponde. La considera la virtud suprema porque es
merced a ella que la comunidad en su conjunto y el alma humana se organizan. La
justicia no es pues sino el equilibrio armónico de las demás virtudes.
Cabe la duda sobre si aquellos
que cumplen no lo harán por amor a las apariencias más que por amor a la justicia
en sí misma.
Siempre en torno a la cuestión
de si la justicia es una virtud valorada en su misma, independientemente de las
apariencias sociales, Glaucón plantea una segunda hipótesis. Supongamos que
existe una comunidad donde reina la corrupción generalizada: ¿Vale la pena ser
moral en una sociedad inmoral? Quizás haya que dejar de lado los argumentos utilitarios
para responder esta pregunta.
Los problemas que Glaucón
plantea tiene la función de demostrar que, cuando de conducta virtuosa se
trata, los argumentos utilitarios no prueban nunca que el bien sea deseable por
sí mismo.
Una sociedad formalmente
justa, cuyos miembros se comportan correctamente para salvar las apariencias,
es una sociedad hipócrita; una sociedad injusta, que legitima la corrupción
como modo de vida, es una sociedad cínica.
Daños de la
corrupción al sistema social.
1. En
un estado de corrupción, las leyes y las licitaciones no se deciden en función de
lo que es mejor para la sociedad sino según el interés privado de los
empresarios y funcionarios corruptos. Uno es el dinero que en lugar de alimentar
las arcas públicas engorda el bolsillo del funcionario involucrado; el otro,
consiste en padecer, las consecuencias de la decisión errónea que se tomó. El Estado deja de orientar la economía; en su
reemplazo cunden la ineficacia y el derroche. Desaparece cualquier posibilidad
de que existan decisiones racionales en función del bien común y en su lugar
aparece la pugna entre los intereses clánicos.
2. El
anterior estado de cosas ahuyenta a los capitales sanos y serios dispuestos a
invertir a largo plazo, que son reemplazados por capitales especuladores y
prebendarios. El que roba en un país se dice a sí mismo: “jamás pondría mi
capital en un país que permite hacer cosas como las que hice yo”.
3. El
estado de corrupción falsifica el sistema democrático: la democracia supone que
los ciudadanos eligen delegados para que cuiden el interés común. Si el
delegado cuida en cambio de sus propios intereses privados, está falsificando
los fundamentos mismos del sistema. Cuando los representantes del pueblo son
infieles al contrato que su mandato implica, la clase política comienza a
perder prestigio en los ojos de los ciudadanos. El peligro que un estado de corrupción
implica para la democracia es que, al falsificar el sistema, finalmente puede
abrir el camino a quienes, sin creer en él, reclaman el poder el poder absoluto
para combatir los males que lo acosan. Por lo general la pérdida de controles
deviene en un aumento de la corrupción, esra vez en beneficio de quienes
quisieron combatirla.
4. La
falsificación del sistema democrático que conlleva el estado de corrupción debilita
al Estado y arrasta a las naciones de la modernidad a la pre-modernidad. Al
fortalecerse los clanes, se debilita el Estado, a cuyos altos cargos no se
accede ya por idoneidad sino por nepotismo. Un Estado corrupto es un Estado
débil y con un Estado débil no hay desarrollo económico posible.
5. En
un estado de corrupción aumenta la desigualdad social, porque sólo se
aprovechan plenamente de la corrupción aquellos situados en altas esferas políticas
o económicas. Un Estado débil, en efecto, es un Estado que no puede cumplir con
sus funciones básicas de proteger la salud, la educación y la seguridad de los
ciudadanos más pobres, a los que finalmente tampoco puede garantizar igualdad
jurídica. Sucede que en un Estado corrupto lo primero que se pierde es
precisamente la noción de bien común, razón por la cual quienes se sintieron
llamados a servirlo ven desaparecer el motivo que los guiaba. El estado de
corrupción pone fin a la igualdad de oportunidades.
6. La
corrupción generalizada, promueve un clima de cinismo generalizado, cuyo remate
es la envidia que sienten por los corruptos aquellos que no consiguen
corromperse porque han quedado afuera del círculo del poder. El cinismo colectivo consiste en que en un
estado de corrupción se da por supuesto que la sociedad en su conjunto roba,
que el robo es el modus operando por excelencia y que aquel que no lo practica
es porque no puede.
7. Los
actos de corrupción tienden a multiplicarse. La corrupción es endémica; sin
controles, se expande. Esto es lógico desde el momento en que un acto de
corrupción no puede realizarse individualmente, sino de a dos. El cohecho
implica, por definición, que el delito requiere de las dos partes: una que
ofrezca el soborno y que otra que lo reciba. La corrupción es contagiosa.
En el reino de la desconfianza
La sociedad
es un tejido de expectativas recíprocas. Todos nosotros contamos con que el
otro cumpla un determinado rol.
Cuando el
rol que cada uno espera del otro en una sociedad habitualmente se cumple, reina
un estado de confianza, y cuanto mayor es la confianza recíproca, mejor
funciona una sociedad.
El daño más
profundo de la corrupción es que instala el reino de la desconfianza. La
desconfianza colectiva, fundada en la imprevisibilidad del comportamiento del
otro, resulta en el subdesarrollo: el Estado carece de recursos, las empresas
no invierten sus capitales, el gobierno culpa a los ciudadanos y éstos al
gobierno.

No hay comentarios:
Publicar un comentario