Ápeiron.

sábado, 19 de octubre de 2013

Politique: Corrupción.

 – Corrupción y Subdesarrollo.

La corrupción es un fenómeno que no tiene la misma configuración en los países desarrollados que en los subdesarrollados.

Características de la corrupción según el grado de desarrollo económico.
En los países desarrollados la corrupción es mínima en la Justica y en los cuadros medios y bajos de la administración pública, puede alcanzar un nivel relativamente importante en los altos cargos.
Hay diversas razones que explican este estado de cosas: los altos cuadros son más difíciles de controlar, poseen más recursos e influencias, existen redes de intereses que los involucran. La administración estatal en los países económicamente desarrollados conforma un cuerpo básicamente sano.
En los países subdesarrollados, la corrupción es intensa tanto en los estratos altos como en los medios y bajos: infecta al Estado en su totalidad. Comienza con el policía, sigue con los funcionarios de la Aduana y asciende hasta contaminar las conductas de los altos funcionarios.
Los países subdesarrollados padecen un estado de corrupción. Los ilícitos suelen ser casi abiertos, porque no existen expectativas de castigo y más bien se da por sentada la impunidad. 
Cuando en un país donde no reina el estado de corrupción se investiga a alguien, es para juzgarlo y castigarlo. Se trata de acciones localizadas: cuanto menos son los que cometen corrupción es más fácil percibirlos. En los países donde hay estado de corrupción, la investigación es entendida como una persecución.
Otra característica de los estados de corrupción es que generalmente se investiga el pasado. 
En los países desarrollados, además, la corrupción política es casi siempre ocasional: el pecador cae porque, es un hombre ordinario frente a una tentación extraordinaria. En los países subdesarrollados la corrupción  no se vive como una ocasión sino como una vocación: se ingresa en la política o en la administración pública con la intención deliberada de enriquecerse.
Cuanto más pobre es un país, es más probable la corrupción como estado y como vocación.

La cleptocracia   

En griego, kleptes significa “ladrón” y cratos, “poder”. Literalmente el término designa a aquellos países donde una banda de ladrones se ha instalado en la cima del Estado.
El único elemento ético que excede al estricto egoísmo del bandido-funcionario en una cleptocracia es la obligación familista.  
Andreski define a la cleptocracia como “la explotación sistemática de las oportunidades de enriquecimiento personal que ofrece el Gobierno, moderada por el amiguismo y exacerbada por el gangsterismo”. Quienes no sean del clan mantengan los pies fuera del plato si no quieren ver correr su sangre.
Dado este criterio de explotación sistemática de la oportunidad en los sistema de este tipo no existe posibilidad alguna de buen gobierno.

Peligros del mesianismo moral.

Si bien la corrupción presenta características diferentes según ocurra en un país desarrollado o subdesarrollado, en ambos casos debe ser combatida desde arriba.
En un país donde el cuerpo estatal está sano, pero algunas cabezas pecan, se erradica desde afuera del Estado y desde el seno del Estado.
En cuanto a un Estado de corrupción se lo combate con una alternativa riesgosa para el sistema democrático como suelen siempre serlo el personalismo, es la del líder moralizador.

Estado fuerte y Estado débil. 

Algunos países se han desarrollado porque consiguieron construir una moral pública.
Cuando un país se encuentra en estado de corrupción, el Estado deja de ser tal. En lugar de una estructura severa que hace cumplir las leyes, se convierte en una organización semidelictiva.
Mientras un Estado cuya ética pública es solida es un Estado maduro, aquel penetrado por la infección es uno débil o blando.
El desarrollo económico lo han logrado los estados duros o fuertes. La corrupción debilita al Estado e impide el desarrollo económico. La diferencia entre un país desarrollado y otro subdesarrollado no depende de cuán grande sean el Estado o el mercado sino de cuán duro sea el Estado: no existe país alguno que se haya desarrollado con un Estado débil.  
Huntington subraya la paradoja de que los Estados de los países subdesarrollados, siendo por definición “blandos”, decidieron sin embargo asumir una inmensa carga empresarial y social. El resultado está a la vista: el colapso del Estado en América latina y el Tercer Mundo.
Las privatizaciones en curso en América latina y el resto del mundo subdesarrollado cumplen entonces una función positiva: alivian al Estado blando de una tarea que excede de lejos sus posibilidades.


Funcionalidad de la corrupción.

Ética de la intención y ética de la responsabilidad.
Para la ética principista de Kant, los actos humanos son buenos o son malos según su intencionalidad e independientemente de su resultado: hay una sola cosa buena en el mundo, y es la buena voluntad. (Ética de la intención)
La escuela utilitarista y pragmatista sostiene que el aspecto más importante de la conducta humana no es la intención sino el resultado. (Ética de la responsabilidad)
Kant diría que el principio fundamental de la ética debe ser mantenido a toda costa. Si todos los hombres torturasen a sus semejantes, no habría convivencia civilizada posible. Por lo tanto, no debo torturar un aunque por ello perezca una ciudad entera: tengo que permanecer fiel a la buena intención. La ética pragmática, se preguntaría que vale más: si la vida de millones de personas o la de una sola persona que es un enemigo en guerra.
Por lo que respecta a la corrupción, ningún acto de este tipo puede ser bueno desde el punto de vista de un moralista kantiano. Por definición, la corrupción consiste en privilegiar el interés propio por sobre aquel interés ajeno al que se está obligado, ya sea un padre, tutor, gobernante o contribuyente. Si todos rehuyesen las responsabilidades públicas, se disolvería la vida en sociedad.
Un utilitarista, por el contrario, examinaría la posibilidad de que algún caso de corrupción aislado resultase en un beneficio mayor que el cumplimiento estricto de las normas.

El principismo hipócrita y el cínico pragmatismo.

El camino hacia el análisis de la corrupción bordea dos precipicios opuestos, que amenazan uno a la escuela principista, el otro a la pragmática. El primer abismo es el de la hipocresía, incluso ante uno mismo: por una parte, la obsesión por la pureza de intenciones puede crear el hábito sofistico de autoconvencerse de la propia inocencia después de haber realizado acciones condenables; por otra parte, el principismo moral que llevado a sus extremos no contempla excepción alguna a la regla, sean cuales sean las circunstancias del caso, parece invitar a los pecadores a ocultar sus pecados. Se genera, además, el descreimiento en torno a la salud ética de los voceros del moralismo: ¿Quién puede alegar que es perfecto? Lo más probable es que sea acusado de denunciar la paja en el ojo ajeno mientras ignora la viga en el propio.
El pragmatismo exagerado puede degenerar en el precipicio opuesto, el cinismo. Si se tiene en cuenta solamente los resultados de las acciones, se puede concluir en la afirmación de que la virtud en su misma no tiene ninguna importancia: los hombres pueden actuar movidos por los motivos más mezquinos en tanto de sus acciones se sigan consecuencias útiles para el conjunto.
El desafío de  Glaucón a Sócrates en La República. Allí Platón define a la justicia como virtud por la cual cada uno cumple con la función que le es propia, con la actividad que le corresponde.  La considera la virtud suprema porque es merced a ella que la comunidad en su conjunto y el alma humana se organizan. La justicia no es pues sino el equilibrio armónico de las demás virtudes.
Cabe la duda sobre si aquellos que cumplen no lo harán por amor a las apariencias más que por amor a la justicia en sí misma.   
Siempre en torno a la cuestión de si la justicia es una virtud valorada en su misma, independientemente de las apariencias sociales, Glaucón plantea una segunda hipótesis. Supongamos que existe una comunidad donde reina la corrupción generalizada: ¿Vale la pena ser moral en una sociedad inmoral? Quizás haya que dejar de lado los argumentos utilitarios para responder esta pregunta.  
Los problemas que Glaucón plantea tiene la función de demostrar que, cuando de conducta virtuosa se trata, los argumentos utilitarios no prueban nunca que el bien sea deseable por sí mismo.
Una sociedad formalmente justa, cuyos miembros se comportan correctamente para salvar las apariencias, es una sociedad hipócrita; una sociedad injusta, que legitima la corrupción como modo de vida, es una sociedad cínica.




Daños de la corrupción al sistema social.

1.       En un estado de corrupción, las leyes y las licitaciones no se deciden en función de lo que es mejor para la sociedad sino según el interés privado de los empresarios y funcionarios corruptos. Uno es el dinero que en lugar de alimentar las arcas públicas engorda el bolsillo del funcionario involucrado; el otro, consiste en padecer, las consecuencias de la decisión errónea que se tomó.  El Estado deja de orientar la economía; en su reemplazo cunden la ineficacia y el derroche. Desaparece cualquier posibilidad de que existan decisiones racionales en función del bien común y en su lugar aparece la pugna entre los intereses clánicos.
2.       El anterior estado de cosas ahuyenta a los capitales sanos y serios dispuestos a invertir a largo plazo, que son reemplazados por capitales especuladores y prebendarios. El que roba en un país se dice a sí mismo: “jamás pondría mi capital en un país que permite hacer cosas como las que hice yo”.
3.       El estado de corrupción falsifica el sistema democrático: la democracia supone que los ciudadanos eligen delegados para que cuiden el interés común. Si el delegado cuida en cambio de sus propios intereses privados, está falsificando los fundamentos mismos del sistema. Cuando los representantes del pueblo son infieles al contrato que su mandato implica, la clase política comienza a perder prestigio en los ojos de los ciudadanos. El peligro que un estado de corrupción implica para la democracia es que, al falsificar el sistema, finalmente puede abrir el camino a quienes, sin creer en él, reclaman el poder el poder absoluto para combatir los males que lo acosan. Por lo general la pérdida de controles deviene en un aumento de la corrupción, esra vez en beneficio de quienes quisieron combatirla.
4.       La falsificación del sistema democrático que conlleva el estado de corrupción debilita al Estado y arrasta a las naciones de la modernidad a la pre-modernidad. Al fortalecerse los clanes, se debilita el Estado, a cuyos altos cargos no se accede ya por idoneidad sino por nepotismo. Un Estado corrupto es un Estado débil y con un Estado débil no hay desarrollo económico posible.
5.       En un estado de corrupción aumenta la desigualdad social, porque sólo se aprovechan plenamente de la corrupción aquellos situados en altas esferas políticas o económicas. Un Estado débil, en efecto, es un Estado que no puede cumplir con sus funciones básicas de proteger la salud, la educación y la seguridad de los ciudadanos más pobres, a los que finalmente tampoco puede garantizar igualdad jurídica. Sucede que en un Estado corrupto lo primero que se pierde es precisamente la noción de bien común, razón por la cual quienes se sintieron llamados a servirlo ven desaparecer el motivo que los guiaba. El estado de corrupción pone fin a la igualdad de oportunidades.
6.       La corrupción generalizada, promueve un clima de cinismo generalizado, cuyo remate es la envidia que sienten por los corruptos aquellos que no consiguen corromperse porque han quedado afuera del círculo del poder.  El cinismo colectivo consiste en que en un estado de corrupción se da por supuesto que la sociedad en su conjunto roba, que el robo es el modus operando por excelencia y que aquel que no lo practica es porque no puede.
7.       Los actos de corrupción tienden a multiplicarse. La corrupción es endémica; sin controles, se expande. Esto es lógico desde el momento en que un acto de corrupción no puede realizarse individualmente, sino de a dos. El cohecho implica, por definición, que el delito requiere de las dos partes: una que ofrezca el soborno y que otra que lo reciba. La corrupción es contagiosa.

En el reino de la desconfianza

La sociedad es un tejido de expectativas recíprocas. Todos nosotros contamos con que el otro cumpla un determinado rol.
Cuando el rol que cada uno espera del otro en una sociedad habitualmente se cumple, reina un estado de confianza, y cuanto mayor es la confianza recíproca, mejor funciona una sociedad.
El daño más profundo de la corrupción es que instala el reino de la desconfianza. La desconfianza colectiva, fundada en la imprevisibilidad del comportamiento del otro, resulta en el subdesarrollo: el Estado carece de recursos, las empresas no invierten sus capitales, el gobierno culpa a los ciudadanos y éstos al gobierno.






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