Deberíais saber que la gente olvida lo que hiciste, pero no cómo la hiciste sentir. Deberíais saber que, en el clímax de la tragedia, no se puede pensar con claridad, que todo es ruido de explosiones, cristales rotos, matanzas étnicas. Que poco a poco el orgullo se desvanece, que comienzas a mirarla de reojo, a cederle el paso en la puerta, a preguntarle si ya ha comido. Y que entonces queda por delante lo más difícil: decir lo siento sin que suene a melodrama urbano, a canción ligera, a revival de tiempos dorados. Que no resultará a la primera. Ni a la segunda. Ni a la tercera. Que para que dos corazones consigan vaciarse de rencor y llenarse de ternura tienen que latir necesariamente a un tiempo. Una conexión cósmica, una inexplicable coincidencia de voluntades. Que a veces da un poquillo de vergüenza. Que en el momento clave igual te da por estornudar o colocarte los pantalones. Pero que se te haga un nudo en la garganta cuando al fin vuelvas a sentir el calor de su cuerpo. Que tú también te eches a llorar y que finalmente te quede clavadito al puto melodrama urbano de los cojones. Pero que eso ya no importe. Que ya no importe nada, absolutamente nada, salvo que, al fin, estáis de nuevo uno junto al otro.
Tan pegaditos, tan temblorosos, tan transparentes.
Como si todas las estrellas del cielo, conmovidas, estuvieran sorbiendo los mocos por vosotros.
Y que jamás tendremos ni puta idea de por qué sucede esto. Que parecemos condenados a encontrarnos y desencontrarnos todo el tiempo. Que a veces necesitamos gritarnos, abandonarnos y herirnos de muerte para recordar cómo era eso de querernos. Que cualquier noche, cuando nos acurruquemos en la cama, quizás ya no haya un mañana. Que ojalá haber sentido mucho antes el calor de tu cuerpo. Que esto siempre acaba resultando una movida complicadísima. Que puede que no convenga pensar demasiado en ello.
Porque esto, sencillamente, es lo único que tenemos.

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