Podría caminar poco a poco como los ancianos, o fingiendo que soy ciego. Podría disimular que soy otra persona, resbalar en la lluvia como los niños más patosos o ir al paso de los que parece que siempre llegan tarde y tengan cosas muy importantes que hacer, como salvar su propio mundo. Observando a la gente sin nombre me pregunto si ellos ven el color verde de la misma manera que yo, o si su visión de las alturas está más deformada que la mía. Finalmente no tengo más remedio que plantearme la no existencia de un cánon universal y que nunca sabré cómo perciben ni cómo sienten las cosas los seres anónimos. Y que quizás el arte y la palabra sea el único medio para crear puentes entre islas. Finalmente concluyo que todos somos versiones diferentes de la misma canción. Reposo en un banco y fotografío con la mente. Me pido como esposa a la tercera por la derecha, frente al mercado. Me pido al anciano como abuelo postizo y a aquel señor de traje oscuro como mi ejecutor platónico. Me pido a la chica que tararea para que sea mi niñera tardía. Pido a la vida puntos comunes de entendimiento en todas las materias. También me pido las joyas de aquella señora que brilla y me pido a aquel hombre inflado como mi mecenas. Me pido al librero como asesor personal y a esa belleza llena de circunferencias como lo que siempre podré encontrar en mi bañera hirviendo. Pido nexos en común con casi todos, miro a los seres anónimos y pido, en boca de todos, un nuevo sistema de trueque de lugares comunes, un intercambio contínuo. Pero nunca, nunca abro la boca. Que empiecen ellos.
Santiago Balmes.

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