Estuvo toda la noche tocándome...sus manos de
escultora fueron poco a poco subiendo desde mis pies hasta la nuca. Pasó por
todas mis geografías, las conquistó y acto seguido repitió el procedimiento. A
cada movimiento de sus yemas me daba cuenta que me estaba moldeando a su gusto,
como en realidad quería que fuera. En mi laxitud post coitum me dejé llevar.
Por la mañana, al mirarme al espejo, no me conocía
ni la madre que me parió. Medía veinte centímetros más, mis facciones eran
ovaladas. Tenía dedos de pianista, ni siquiera respetó el lóbulo de mis orejas,
acaso lo que más me gustaba.
Me he tenido que hacer el DNI de nuevo.
De ella, ni rastro.

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